Clasificación


En el corazón de la microbiología, las bacterias se reconocen primero por su condición procariótica: carecen de núcleo definido y albergan su material genético disperso en el citoplasma. Su característica más distintiva es la presencia de peptidoglicano en la pared celular, un polímero exclusivo que no se encuentra ni en arqueas ni en células eucariotas. Este rasgo bioquímico sienta las bases para distinguirlas de otros microorganismos y cimenta cualquier sistema de clasificación bacteriana.

Uno de los métodos más antiguos y todavía esenciales divide a las bacterias según su respuesta a la tinción de Gram. Cuando se someten a un protocolo de colorantes, las que retienen el violeta cristal aparecen de un tono morado intenso y se denominan Gram positivas; las que lo pierden y adoptan el safranina se tiñen de rojo y reciben el nombre de Gram negativas. Esta distinción revela diferencias en la arquitectura de la pared y orienta tanto el diagnóstico clínico como las estrategias de tratamiento.

La versatilidad metabólica añade otra capa de organización. Según su relación con el oxígeno, se clasifican en aerobias, anaerobias y microaerófilas; mientras que, según su fuente de carbono, se dividen en autótrofas (fijan CO₂) y heterótrofas (dependen de materia orgánica preexistente). Estos criterios funcionales explican por qué determinadas especies prosperan en ambientes extremos —desde respiraderos hidrotermales hasta sedimentos helados— o, en el otro extremo, en el interior de organismos vivos.

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